

Páginas escritas en el silencio
No era grande, ni lujosa, ni nueva. Pero era mía. Y en mis sueños, la habitaba como si siempre me hubiera estado esperando.
Era blanca, con ventanas antiguas de dos hojas, y cortinas livianas que bailaban con el viento. El piso de terracota crujía como si recordara cada paso que di. Había una estufa a leña encendida, y un sillón de madera con almohadones gastados por el tiempo, pero suaves, como un abrazo cálido.
Todo era acogedor. Sencillo. De esos lugares que no necesitan explicarse. Un patio inmenso se extendía detrás, cubierto de verde. Allí el aire era otro, más tibio, más limpio. Allí no dolía nada.
No sabía en qué parte del mundo estaba esa casa. No existía en el plano real, ni en la herencia de mi padre. Y sin embargo, cada vez que cerraba los ojos, ahí estaba. Como si quisiera recordarme que hay un lugar en el que sí me sentí querida, aunque ese lugar haya sido construido solo para mí.
En esa casa no había pasado. Solo calma. Quizás no fuera más que eso: un refugio de mi alma cansada. Una pausa entre tanto ruido. Una casa que nadie me dejó, pero que yo misma soñé hasta convertirla en mía.
Cada vez que volvía a ella, despertaba con menos frío. Y si alguien lograra imaginarla entera, encontraría también los almohadones blancos, la cama de hierro, la luz color sepia… y esa calma que solo existe cuando me abrazo a mí misma, incluso en sueños.
A veces el sueño se volvía más nítido, como si la casa respirara junto a quienes la habitaban. Al llegar, alguien conocido también entraba en silencio, quitándose los zapatos en la entrada, como si ese gesto fuera parte natural del lugar. Adentro, la vida no tenía apuro: voces suaves, presencias sin peso, la sensación de estar sin tener que explicar nada.
Y entonces la casa dejaba de ser solo un refugio para volverse compañía. No era distinta a lo que ya había sido soñada, pero en esos momentos parecía confirmar que la paz también podía tener forma de costumbre.
"El verdadero hogar no está en un mapa. Es la calma que existe cuando se abraza a ella misma, incluso en sueños."
La casa de la cual seguía soñando.


La memoria que vuelve
La memoria no siempre avisa. A veces aparece en una imagen, en un olor o en un silencio que se hace demasiado grande. Y cuando llega, ya no hay forma de ignorarla.
No voy a suavizar lo que vivimos. No voy a pintar de colores una infancia que nunca los tuvo. La crudeza fue real. El miedo también. Y la ausencia, aún más.
Mientras desayunaba, solía mirar el Tajamar frente a mi casa, justo donde nacía el sol. Los rayos dorados encendían el agua y traían consigo el aroma de la tierra húmeda y de las cañas de azúcar. En esos breves instantes sentía que todo era posible, a pesar de que el universo de mi familia estuviera lleno de silencios y secretos que nadie se atrevía a nombrar.
De pequeña siempre andaba descalza, amando la naturaleza sin saberlo. Sentir el rocío en las mañanas era un placer sencillo y puro. Antes de ir a la escuela lavaba mi cabeza en el Tajamar, allí donde también se golpeaba la ropa contra las piedras. A veces el agua estaba helada, pero el frío nunca me detenía.
“Y así empezó el silencio.”
La niña que aprendió a callar
Hoy amanecí con olor a hojas secas y cielo tibio. No era un día cualquiera, aunque nadie lo supiera. Desperté con el alma liviana, como si el viento me hubiera peinado mientras dormía.
Salí a caminar sin rumbo, con los pasos suaves y los ojos bien abiertos, porque el otoño no se mira… se siente. Se siente en ese aire que huele a tierra, en las hojas que crujen bajo los pies como si guardaran secretos viejos.
Y mientras caminaba, el mundo me pareció más mío. No había gritos, ni relojes, ni zapatos que apretaran. Solo ese susurro del viento que me decía: “Aquí estás, todavía estás. No te perdiste.”
Me agaché a recoger una hoja dorada. No por nostalgia, sino porque me gustaba el gesto de guardar cosas que caen sin romperse. Porque yo también había aprendido a no quebrarme, aunque el otoño se me metiera en el pecho como una despedida lenta.
Y así caminé, como tantas otras veces, con ese espíritu callado que solo entienden quienes alguna vez soñaron bajo árboles sin frutos, pero con sombra.
Al final, comprendí que el otoño no solo llevaba hojas, sino también historias de quienes fueron y de quienes siguen siendo.
Y que, a veces, escuchar su caída es aprender a sostenerse sin miedo, a sentir sin apuro y a caminar en paz con lo que uno es.
La niña que escuchaba el otoño
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